FUNDACIÓN TU NUEVA ALEGRÍA

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domingo, 6 de abril de 2014




Capítulo 6

Los dos nombres del apóstol Pablo

Los padres de Pablo, de la tribu de Benjamín, escogieron un buen nombre para su vástago: Saulo, que fue tomado evidentemente de un notable benjamita: El rey Saúl, quien fue el primero de los reyes de Israel, Aun el significado del nombre Saulo es hermoso: Significa “pedido a Dios” o todavía mejor, “Aquel que ha sido pedido al Señor”. La historia Bíblica nos cuenta que Saúl era un hombre muy bien parecido y además de gran estatura. Aquí no hablaremos de sus errores y pecados, ni de su triste final. Sólo diremos que Saulo de Tarso recibió de sus padres el nombre de un ilustre personaje histórico que fue de la misma tribu de Benjamín.

En el libro de los Hechos Saulo aparece por primera vez al final del capítulo siete cuando el martirio de Esteban. Este hombre vuelve a aparecer varias veces con ese mismo nombre hasta el capítulo 13.9 donde también por primera vez es llamado Pablo: “Entonces Saulo, que también es Pablo…”. Ese versículo es interesante: En él se le llama Saulo por última vez (Por supuesto el nombre “Saulo” aparece en los capítulos 22 y 26 donde Pablo relata su conversión a Cristo) y en él se le llama Pablo por primera vez. El apóstol jamás se presentó ya ante nadie con el nombre de Saulo, de modo que nos queda claro que él quiso que en adelante se le conociera como Pablo.

Los que leen el Nuevo Testamento en griego han notado que en ese idioma los dos nombres son casi idénticos distinguiéndose solamente por una letra: Saulos y Paulos. Al apóstol le bastó un pequeño cambio para no sólo cambiar de nombre, sino para enfatizar el cambio en su vida. Ya no más Saulo el perseguidor de los cristianos, ahora Pablo el cristiano. Luego, mientras que por un lado Saulo era el nombre de un importante personaje de la historia de Israel, por otro “Pablo” significa “pequeño”. ¡Pablo quiso ser llamado pequeño!

Muchos estudiosos nos dicen que Pablo se puso su nuevo nombre en honor del procónsul Sergio Paulo, a quién había apenas convertido (vea los versículos anteriores a Hechos 13.9). Suena bien, pero no es algo muy convincente. Esa forma de hacer las cosas no parece encajar muy bien en la personalidad seria, digna y sobria del Pablo que uno ha llegado a conocer en el Nuevo Testamento.

Otros dicen que Pablo bien pudo haber tenido siempre los dos nombres, uno hebreo y el segundo griego que habría recibido de sus padres, y que ahora él decidió dejar el primero y comenzar a usar el segundo. Podría ser: Aun la expresión “Saulo, que también es Pablo” parecería indicar que él tenía los dos nombres. Eso además de que se sabe de judíos que tenían dos nombres, uno hebreo y el otro gentil, por ejemplo Juan Marcos.

Una explicación basada en el significado de la palabra Paulus, “pequeño” que a mí me gustaría que fuera correcta es la siguiente:

Pablo siempre se sintió muy mal al recordar su pasado, digamos su pasado relacionado con Cristo.
Él había sido perseguidor de los cristianos y al perseguirlos a ellos perseguía a Cristo (“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”). Pero el Señor tuvo misericordia de él y lo salvó. No solamente eso, sino que lo llamó a ser su apóstol.

Ciertas declaraciones de Pablo, para no hablar de su consecuente entrega total al servicio de Cristo, muestran que él jamás dejó de maravillarse de cuán misericordioso y amoroso fue el Señor con él y cuán indigno se sintió de ser el objeto de tanta misericordia. Aunque nosotros lo consideramos el más grande y fiel de los cristianos de que se tenga noticia, él veía su caso muy diferentemente: Observe con cuidado este pasaje:
“Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús. Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna.”

Resulta claro que Pablo se consideraba el más pequeño de todos los siervos de Cristo. A él le quedaba perfectamente el nombre de Pablo, “pequeño”.

Ahora note este otro pasaje, que expresa ese sentimiento y en el cual usted tendrá que detenerse en una palabra que tiene que ver con lo que estamos diciendo:
Es 1 Corintios 15: 8,9 “y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios”.

La palabra interesante es “pequeño”, que aunque no es la misma palabra Paulos, lleva también la idea de pequeñez. Varias versiones traducen “pequeño”, otras “insignificante”, “último”, “menor”. Uno se pregunta si Pablo habrá notado que la palabra que estaba usando era un sinónimo de su propio nombre. Una cosa es cierta: el nombre Pablo encajaba perfectamente con el muy humilde concepto que Pablo tenía de sí mismo.

Pablo pudo tener dos nombres y decidir ser conocido con el que consideró que le cuadraba mejor ahora que era un cristiano indigno de todo lo que su amo le había dado. O Pablo pudo no haberse llamado Pablo antes, pero aprendió que había un nombre gentil, (tal vez al conocer a Sergio Paulo) muy parecido a su nombre que por su significado le gustó mucho y lo adoptó.

¿Será?... Lo que si es cierto es que además de las muchas cualidades que tuvo, el hecho de que Pablo el cristiano hubiera querido llamarse pequeño, también nos hace ver lo grande que fue.

Respecto a lo que expusimos en la nota anterior, opino que no hay razones contundentes para oponerse a la opinión de "Lucas", autor de los Hechos de los apóstoles, en su afirmación de que Pablo era ciudadano romano. Por tanto, aceptamos en principio su afirmación.

A este respecto surge otra cuestión:

En las cartas auténticas nunca aparece Pablo con un nombre romano completo compuesto de tres nombres. Por ejemplo, Marco Tulio Cicerón. A este propósito se ha argumentado que este hecho –Pablo aparece simplemente con un nombre- es una prueba más de que no era ciudadano romano. Este argumento no es en sí fuerte, pues la mayoría de los cristianos, y muchos judíos, de quienes por otro lado se sabe ciertamente que eran ciudadanos romanos, nunca o casi nunca utilizaban el nombre triple completo. Probablemente no lo hacían porque la costumbre judía, y también cristiana primitiva, era acentuar su pertenencia al grupo religioso en donde el nombre completo desempeñaba ningún papel.

¿Por qué el cambio de Saulo a Pablo?

A lo largo de los siglos se ha formulado muchas veces esta pregunta. En los Hechos de los Apóstoles, en los primeros capítulos –del 7 al 13-, aparece siempre "Saulo" (en griego Saulos como helenización del hebreo Sha'ul), en total unas quince veces. Pablo no se encuentra nunca en estos capítulos.

De repente en Hechos 13:9 encontramos la siguiente frase: “Entonces Saulo, que también es Pablo”…, y desde ese momento, de la narración de la segunda parte de la obra de Lucas desaparece el primer nombre para encontrar sólo “Pablo”. Y en las cartas auténticas del Apóstol encontramos también sólo “Pablo”. ¿Por qué?

Saulo parece a veces como Soulos en la traducción de los LXX. Como es bien sabido, Saúl /Saulo es el nombre del primer rey de Israel, de la tribu de Benjamín, y Paulos es la helenización del nombre latino Paulus, que significa literalmente “pequeño”.

La historia de la investigación sabe que se han formulado muchas hipótesis para responder a esta cuestión del cambio de nombre y de la falta de explicación. Algunos han llegado a creer probado que el nombre latino del Apóstol era Gaius Julius Paulus, porque la familia de Pablo -al recibir la ciudadanía romana después de que hubo nacido el niño Saulo- había adoptado el nombre de la famosa familia que había dado al mundo al general Emilio Paulo. Los otros dos vocablos, Gaio Julio, se los habrían puesto al niño Saulo/Pablo en honor de Julio César, personaje conocidísimo que tantos beneficios había procurado a los judíos.
También es posible que si la familia de Pablo/Saulo, aunque libre, procedía de antiguos esclavos luego liberados (los "libertos"), sus padres hubieran puesto al niño el nombre del "patrono" de la familia que sería un romano y se llamaba Paulus.

Todas estas explicaciones no pasan de ser meras especulaciones, o hipótesis que carecen de apoyo o fundamento en los textos que conservamos.

Es conveniente que antes de ofrecer una posible respuesta a la cuestión del cambio de nombre nos detengamos en un tema previo: ¿Cómo se formaba un nombre romano?

El nombre romano tenía tres partes. Para explicar su uso tomemos como ejemplo la designación de un romano famoso: Marco Tulio Cicerón.

- El primer miembro era el “praenomen” (“lo que está delante del nombre”): por ejemplo, Gaius, Lucius, Marcus… Corresponde a lo que hoy nosotros llamamos el nombre propio de cada persona.

- El segundo miembro era el “nomen”, nombre o “gentilicio”: es la designación según la “gens” o tribu a la que pertenecía cada uno. Al principio, en la antigua Roma, había grandes clanes o tribus de latinos dispersos en aldeas del Lacio, que se fueron congregando poco a poco tras la fundación de Roma, hasta formar el gran pueblo que fue más tarde. Cada ciudadano recibía como segunda parte de su nombre el “gentilicio”. En nuestro ejemplo Marco Tulio. Este personaje era por tanto de la tribu, o gens, Tulio.

- El tercero y último miembro era el “cognomen” o designación específica -a veces un apodo- con el que llamaba concretamente a una “familia” dentro de cada gens o tribu. En nuestro caso Cicerón (literalmente: “el garbanzón”). Esa familia era, pues, designada como “Los Garbanzones”. A veces este cognomen era un apodo, bien para la familia entera o para un miembro ilustre de ella.

Por tanto un nombre romano estaba compuesto de:

Un nombre propio + El nombre de la tribu + el nombre la familia (a veces un apodo).

Nada que ver, en principio, con nuestro sistema:

Nombre propio + nombre de la familia del padre + nombre de la familia de la madre.

En las cartas auténticas de Pablo sólo aparece como nombre un vocablo: el Apóstol se designa a sí mismo con una sola palabra, que suena a latina, aunque esté helenizada en su terminación, Paulos. Nunca se presenta con un nombre completo compuesto de tres partes. En principio, pues, no sabemos por boca de Pablo cuál era su nombre completo, ni tampoco si "Paulos" era un praenomen -nombre propio- o un "gentilicio", como arriba hemos explicado.

En este cambio de nombre, además, hay como un juego de palabras: de “Saulus” a “Paulus” sólo se muda un fonema, una letra. Es éste en principio un cambio muy curioso y llamativo: de tener nombre de un gran rey de Israel, al que la tradición pinta como grande y apuesto, pasa el Apóstol a utilizar un nombre que significa “El pequeño”.

viernes, 28 de marzo de 2014




Capítulo 5

LA OBRA QUE AGUARDABA AL OBRERO

Ocho años de inactividad comparativa en Tarso

Pablo estaba ahora en posesión de su evangelio, y conoció que la misión de su vida era predicarlo a los gentiles.
Pero todavía tuvo que esperar largo tiempo antes de comenzar su obra peculiar.
Oímos poco de él por siete u ocho años. Y solamente podemos conjeturar cuáles pueden haber sido las razones de la Providencia al hacer esperar a su siervo tanto tiempo.
Puede haber habido razones personales para ello, relacionadas con la historia espiritual de Pablo, porque el esperar es un instrumento común de la disciplina providencial para aquellos a quienes ha sido designada una obra extraordinaria.
Una razón pública puede haber sido que Pablo era todavía demasiado antipático a las autoridades judaicas para ser tolerado en aquellas reuniones en que la actividad cristiana tenía influencia.

Había tratado de predicar en Damasco donde ocurrió su conversión. Pero inmediatamente fue forzado a huir de la furia de los judíos, y yendo de allí para Jerusalén y comenzando a testificar como cristiano encontró en dos o tres semanas demasiada oposición.
No es de extrañarse; pues, ¿cómo hubieran podido los judíos permitir que el hombre que últimamente había sido el adalid principal de su casa predicara la fe para cuya destrucción se le había empleado?
Cuando huyó de Jerusalén dirigió sus pasos a Tarso, su ciudad natal, donde por años quedó en oscuridad.
Sin duda dio testimonio de Cristo a su familia, y hay algunas indicaciones de que llevó el evangelio a su provincia de Cilicia; pero si lo hizo, se puede decir que su obra era la de un hombre que trabaja en secreto, porque no estuvo en la corriente central ni visible del nuevo movimiento religioso.

Estas no son más que meras conjeturas motivadas por la penumbra histórica de aquellos años.
Pero hubo una razón indudable y de la más grande importancia posible para la dilación de la carrera de Pablo.
En este intervalo aconteció aquella revolución, una de las más importantes en la historia del género humano, por la cual los gentiles fueron admitidos a gozar privilegios iguales con los judíos en la iglesia de Cristo.
Este cambio procedió del círculo originario de los apóstoles en Jerusalén; y Pedro, el principal de todos ellos, fue el instrumento para efectuarlo.
Por medio de la visión del lienzo bajado del cielo con los animales puros e impuros, que tuvo en Jope, fue preparado para la parte que había de tomar en este cambio, y admitió en la iglesia a Cornelio y su familia, un gentil incircunciso de Cesárea, por bautismo.
Esta fue una innovación que envolvía incalculables consecuencias.
Fue un preliminar necesario para la obra misionera de Pablo, y los eventos subsecuentes demostraron cuan sabio fue el arreglo Divino por el cual los primeros gentiles que entraron en la iglesia fueron admitidos por las manos de Pedro, y no por las de Pablo.

Pablo descubierto por Bernabé y llevado a Antioquia
Su obra allí

Tan luego como este hecho aconteció, el campo estuvo listo para la carrera de Pablo e inmediatamente fue abierta una puerta para su entrada en él.
Casi al mismo tiempo en que acontecía el bautismo de la familia gentil en Cesárea, un gran avivamiento brotó entre los gentiles de la ciudad de Antioquia, capital de Siria.
El movimiento había comenzado con los fugitivos arrojados de Jerusalén por la persecución, y fue continuado con la sanción de los apóstoles, quienes enviaron de Jerusalén, para presidirlo, a Bernabé, uno de sus colaboradores de más confianza.
Este hombre conoció a Pablo. Cuando este último llegó a Jerusalén la primera vez después de su conversión, y trató de unirse con los cristianos de allí, todos tuvieron miedo de él, sospechando que los dientes y las garras del lobo estuvieran ocultos bajo el vellón del cordero.
Pero Bernabé superó estos temores y sospechas, y habiendo tomado al nuevo convertido y oído su historia, creyó en él y persuadió a los demás a recibirle.
La comunión comenzada así duró solamente dos o tres semanas en aquella época, puesto que Pablo tuvo que dejar Jerusalén; pero Bernabé había recibido una profunda impresión de su personalidad y no se olvidó de él.

Cuando fue enviado para presidir el avivamiento en Antioquia pronto se encontró embarazado con su magnitud y sintió la necesidad de ayuda.
Se le ocurrió la idea de que Pablo era el hombre que necesitaba.
Tarso no estaba lejos, y allá se fue para buscarle. Pablo aceptó su invitación y volvió con él a Antioquia.
La hora que había esperado había llegado, y se entregó a la obra de evangelizar a los gentiles con el entusiasmo de una gran naturaleza que al fin se encuentra en su propia esfera.
El movimiento desde luego respondió a su actividad. Los discípulos llegaron a ser tan numerosos y prominentes, que los paganos les dieron un nuevo nombre —el de cristianos— que, desde entonces, ha continuado siendo el título de su fe en Cristo; y Antioquia, una ciudad de medio millón de habitantes, llegó a ser el centro del cristianismo, en lugar de Jerusalén.
Pronto una gran iglesia se formó, y una de las manifestaciones del celo de que estuvo llena fue el propósito, que gradualmente se transformó en resolución entusiasta, de enviar misioneros a los paganos.
Como consecuencia, Pablo fue designado para este servicio.

El mundo conocido en aquel periodo

Al verle afrontando, al fin, la obra de su vida, detengámonos para hacer una breve revista del mundo, al cual fue enviado a conquistar. Nada menos que esto se propuso.
En el tiempo de Pablo el mundo conocido era tan pequeño que no parecía imposible que un solo hombre hiciera la conquista espiritual de él, especialmente cuando éste había sido preparado maravillosamente para enfrentar la nueva fuerza que estaba a punto de atacarlo.
Consistía en un disco estrecho de tierra que el mar Mediterráneo rodeaba. Este mar mereció en aquel tiempo el nombre que llevaba, porque el centro de gravedad del mundo, que desde entonces ha cambiado a otras latitudes, estaba en él.
El interés de la vida humana estaba concentrado en los países del sur de Europa, la porción occidental de Asia, y una zona del norte de África, las que forman sus orillas.
En este pequeño mundo hubo tres ciudades que se dividieron entre sí los intereses de aquella época.
Estas fueron Roma, Atenas y Jerusalén, las capitales de las tres razas, la romana, la griega y la judaica.
Estas ciudades gobernaban en todos sentidos aquel antiguo mundo.
Esto no significa que cada una de ellas hubiera conquistado una tercera parte del círculo de la civilización, sino que cada una de ellas se había difundido en turno sobre todo él, y todavía lo dominaba, o, a lo menos, había dejado señales imperecederas de su presencia.

Los griegos.- Los griegos fueron los primeros en tomar posesión del mundo. Fueron el pueblo de destreza y genio, los maestros perfectos del comercio, de la literatura y de las artes.
En las épocas muy primitivas desplegaron su instinto de colonización, y enviaron a sus hijos a conseguirse nuevas habitaciones por el Oriente y el Occidente, lejos de su hogar natal.
Por fin, se levantó entre ellos uno que concentró en sí mismo las tendencias más fuertes de la raza, y que por la fuerza de las armas extendió el dominio de Grecia hasta la frontera de la India.
El vasto imperio de Alejandro Magno se rompió a su muerte, pero un resto de la vida e influencia griegas permaneció en todos los países por los cuales había pasado la corriente de sus ejércitos conquistadores.
Las ciudades griegas, tales como Antioquia en Siria y Alejandría en Egipto, florecieron en todo el Oriente; los comerciantes griegos abundaban en todos los centros del comercio; los maestros griegos enseñaron la literatura de su patria en muchas comarcas; y, lo que es más importante, el idioma griego llegó a ser el vehículo general para la comunicación, entre las naciones, de los pensamientos más serios.
Aun los judíos, en los tiempos del Nuevo Testamento, leyeron sus propias Escrituras en una versión griega, habiendo muerto el original hebreo.
Tal vez la lengua griega es la más perfecta que el mundo ha conocido, y hubo una providencia especial en su difusión completa, antes que el cristianismo necesitara un medio de comunicación internacional.
El Nuevo Testamento se escribió en griego, y dondequiera que los apóstoles del cristianismo viajaban, estaban en posibilidad de ser entendidos en este idioma.

Los romanos.- En seguida tocó su turno a los romanos en la posesión del globo.
Originalmente, los individuos de una pequeña tribu, vecina de la ciudad que les dio nombre, se extendieron poco a poco, se fortalecieron y adquirieron tanta habilidad en el arte de la guerra y del gobierno, que llegaron a ser conquistadores irresistibles, marchando en todas direcciones para hacerse amos del mundo.
Sujetaron a la Grecia misma y dirigiéndose al Oriente conquistaron los países que Alejandro y los que le sucedieron habían gobernado.
En realidad, todo el mundo conocido llegó a ser suyo, desde el Estrecho de Gibraltar hasta el más lejano Oriente.
No poseyeron el genio de los griegos. Sus cualidades eran la fuerza y la justicia. Sus artes no eran las del poeta ni las del pensador, sino las del soldado y las del juez.
Derribaron las divisiones entre las tribus de los hombres y les obligaron a estar en paz unos con otros, porque todos igualmente estaban bajo el mismo gobierno de hierro.
Cubrieron los países de caminos que los unían con Roma, y que fueron triunfos tan sólidos de ingeniería que algunos de ellos han permanecido hasta hoy.
Por estos caminos avanzó el mensaje del evangelio. De esta manera los romanos también demostraron ser los precursores del cristianismo, porque su autoridad en tantos países proporcionó a los primeros propagadores facilidad de movimiento, y protección contra los caprichos e injusticias de los tribunales de ciertas localidades.

Los judíos. — Entretanto, la tercera nación de la antigüedad también había completado su conquista del mundo.
Aunque no por la fuerza de las armas, los judíos, también se difundieron como los griegos y romanos lo habían hecho.
Verdad es que por varios siglos habían soñado con la venida de un héroe guerrero, cuyo valor sobrepujaría al de los más célebres conquistadores gentiles.
Pero nunca vino; y la ocupación por los judíos de los centros de civilización tuvo que efectuarse de una manera más quieta.
No ha habido cambio en las costumbres de ningún pueblo más extraordinario que el ocurrido en la raza judaica, en el intervalo de cuatro siglos entre Malaquías y Mateo, del cual no tenemos registro en las sagradas Escrituras.
En el Antiguo Testamento vemos a los judíos encerrados dentro de los estrechos límites de Palestina, ocupados principalmente en asuntos de agricultura, y guardándose con celo de toda comunicación con las naciones extranjeras.
En el Nuevo Testamento los encontramos todavía apegados con tenacidad desesperada a Jerusalén, y a la idea de su propio estado de separación.
Pero sus costumbres y habitaciones han cambiado completamente.
Han abandonado la agricultura y se han entregado con actividad y éxito extraordinarios al comercio.
Y con este objeto en vista, se han difundido por todas partes, por África, Asia y Europa: y no hay ciudad de importancia donde no se encuentren.
Por cuáles pasos este cambio extraordinario se efectuó, sería largo y difícil de decir. Pero se había efectuado y el resultado fue de suma importancia en la historia primitiva del cristianismo.
Donde quiera que los judíos se establecieran, tuvieron sus sinagogas, sus Escrituras Sagradas, su creencia inflexible en el único y verdadero Dios.
No solamente esto; sus sinagogas, por todas partes agruparon prosélitos de los pueblos gentiles en derredor de ellas.
Las religiones paganas estaban en este período en un estado de postración completa.
Las naciones más pequeñas habían perdido la fe en sus deidades, porque no habían podido defenderlas de los victoriosos griegos y romanos.
Pero los conquistadores, por otras razones, habían perdido igualmente la fe en sus propios dioses. Fue una época de escepticismo, decaimiento religioso y corrupción moral.
Pero siempre ha habido hombres que desean un credo en que poder confiar. Estos andaban en busca de una religión, y muchos de ellos encontraron refugio de los mitos degradantes e increíbles de los dioses del politeísmo, en la pureza y monoteísmo del credo judaico.
Las ideas fundamentales de este credo son los fundamentos de la fe cristiana también.
Donde quiera que los mensajeros del cristianismo viajaron, se encontraron con personas con quienes tenían muchos conceptos religiosos en común.
Sus primeros convertidos fueron judíos y prosélitos. La sinagoga fue el puente por el cual el cristianismo pasó a los paganos.

Los Bárbaros y  los Cristianos.- Tal  fue, pues, el mundo  al que  Pablo  fue  enviado  a conquistar.  
Fue un mundo lleno por todas partes de estas tres influencias.
Pero hubo otros dos elementos en la población, que proporcionaron numerosos convertidos para los primeros predicadores: los habitantes originarios de varios países, y los esclavos aprisionados en las guerras, o los descendientes de éstos, sujetos a ser cambiados de un lugar a otro, y vendidos según las necesidades o caprichos de sus amos.
Una religión cuya principal gloria era predicar las buenas nuevas a los pobres no rechazaría estas clases bajas; aunque el conflicto del cristianismo con las fuerzas del tiempo que tenían posesión del destino del mundo naturalmente atrajo la atención, no debe olvidarse que sus mejores triunfos han consistido siempre en el alivio y mejoramiento de la condición de los humildes.

lunes, 17 de febrero de 2014




Capítulo 4

SU EVANGELIO

Su permanencia en Arabia

Cuando un hombre ha sido repentinamente convertido, como Pablo, por lo general es guiado por un fuerte impulso a dar testimonio de su caso.
Tal testimonio es muy impresionante, porque es el de un alma que está recibiendo sus primeras luces de las realidades del mundo invisible; y hay tal viveza en el informe que da de ellas, que produce los efectos irresistibles de la realidad y la evidencia.
No podemos decir con certeza si Pablo se entregó de una vez a este impulso o no.

El lenguaje del libro de los Hechos, donde se dice que "luego predicó a Cristo en las sinagogas", nos conduciría a suponerlo.
Pero aprendemos de sus escritos, que hubo otro impulso poderoso que al mismo tiempo tenía influencia sobre él; y es difícil averiguar a cuál de los dos obedeció primero.
Este impulso fue el deseo de retirarse a la soledad y profundizar el significado y los resultados de lo que le había acaecido.
No sería extraño que él considerara esto como una necesidad. Había sido ejemplarmente leal a su primer credo y lo había consagrado todo a él; pero verlo de repente despedazado debe haber sido cosa que le trastornó de un modo muy severo.
La nueva verdad que le había iluminado fue tan penetrante y revolucionaria que no podía ser entendida de una vez en todas sus relaciones.
Pablo era un pensador de nacimiento. No le era suficiente experimentar alguna cosa; tenía que comprenderla y ajustaría a la estructura de sus convicciones.
Por este motivo, inmediatamente después de su conversión, partió, según él mismo nos lo dice, para Arabia.
En verdad no expresa el objeto que le llevó allá; pero como no hay ningún registro de sus predicaciones en aquel país, y la declaración de su viaje se halla en medio de una vehemente defensa de la originalidad de su evangelio, podemos concluir con una muy considerable certeza, que se retiró con el fin de comprender las relaciones y los detalles de la revelación de que había sido hecho poseedor.
En el silencio de su retiro solitario formuló su importantísima consulta, y cuando volvió a los hombres, ya estaba en posesión de aquel juicio del cristianismo que tan peculiar le fue, y que más tarde formó el tema de sus predicaciones.

Hay alguna duda en cuanto al lugar preciso de su retiro, porque Arabia es una palabra de vago y variable significado.
Pero más probablemente denota la Arabia de las peregrinaciones, cuyo punto de cita principal !Fue el Monte Sinaí.
Era éste un recinto santificado por grandes memorias y por la presencia de varios de los prohombres de la revelación. Aquí Moisés había visto la zarza ardiendo, y se había comunicado con Dios en la cima de la montaña. Aquí Elías se había retirado, perdida la esperanza, y bebido de nuevo en las fuentes de la inspiración.
¿Qué lugar hubiera sido más a propósito para las meditaciones de este sucesor de aquellos hombres de Dios?
En los valles donde el maná cayó, y a la sombra de las cumbres que habían ardido a los pies de Jehová, profundizó el problema de su vida.
Es un gran ejemplo, pues la originalidad en la predicación de la verdad religiosa depende de la intuición solitaria de ella.
Pablo gozó de la especial inspiración del Espíritu Santo; pero esto no hizo innecesaria la actividad concentrada de su mente, sino la hizo más intensa; y la claridad y certidumbre de su evangelio fueron debidas a estos meses de meditación en el desierto.

Su retiro puede haber durado un año o más; porque entre su conversión y su partida final de Damasco, adonde volvió desde Arabia, pasaron tres años, y uno de ellos, a lo menos, fue empleado en el camino.
No tenemos registro detallado de cuáles eran los bosquejos de su evangelio, hasta un período muy posterior a éste; pero como dichos bosquejos, cuando se distinguen por primera vez, son sólo un trasunto de las características de su conversión, y como su intelecto trabajó mucho y poderosamente en la interpretación de este evento en aquel período, no puede dudarse de que el evangelio bosquejado en las Epístolas a los Romanos y a los Gálatas era en sustancia el mismo que había predicado desde el principio. Estamos seguros en inferir de estos escritos nuestra historia de sus meditaciones en Arabia.

El fracaso de la justificación humana

El punto de partida del pensamiento de Pablo era todavía la convicción, heredada de generaciones piadosas, de que el verdadero fin y la felicidad del hombre consisten en gozar del favor de Dios.
Este fin había de ser alcanzado por la justicia: solamente con los justos podía Dios estar en paz; y solamente a ellos podía favorecer con su amor.
Por esta razón, alcanzar la justicia debía ser el móvil principal del hombre.
Pero el hombre no había alcanzado la justicia, y por ello había perdido el favor de Dios, y se había expuesto a su ira.
Pablo prueba esto llamando la atención hacia el cuadro de la historia de los hombres en los tiempos precristianos, en sus dos grandes secciones, la de los gentiles y la de los judíos.

El fracaso de los gentiles.- Los gentiles fracasaron. Podía, en verdad, suponerse que no habían tenido las condiciones preliminares para buscar la justicia, porque no gozaron de la ventaja de una revelación especial.
Pero Pablo sostiene que aun los gentiles conocen bastante de Dios para tener conciencia del deber de buscar la justicia.
Hay una revelación natural de Dios en sus obras, y en el íntimo sentido humano, suficiente para iluminar a los hombres en cuanto a este deber. Pero los gentiles, en vez de hacer uso de esta luz, la extinguieron culpablemente.
No quisieron retener a Dios en su conocimiento ni conformarse con las restricciones que está sola noción les imponía.
Corrompieron la idea de Dios para proporcionarse los goces de una vida inmoral.
La venganza de la naturaleza vino sobre ellos en el oscurecimiento y la confusión de sus inteligencias.
Cayeron en la insensatez de cambiar la naturaleza gloriosa e incorruptible de Dios en la imagen de hombres y bestias, aves y reptiles.
A esta degeneración intelectual siguió una degeneración moral más profunda. Dios, cuando ellos le abandonaron, les abandonó a ellos también; y cuando su gracia restrictiva fue quitada, cayeron en los abismos de la podredumbre moral.
La concupiscencia y la pasión les dominaron, y su vida llegó a ser una masa de enfermedades morales.
Hacia el fin del primer capítulo de la epístola a los Romanos las características de su condición son bosquejadas en colores que podían haberse tomado de la habitación de los demonios, pero que fueron tomados literalmente, como se prueba con toda claridad por las páginas aun de los historiadores gentiles, de la condición de las naciones paganas cultas en aquel tiempo.
Esta, entonces, era la historia de una mitad del género humano: había caído enteramente de la justicia, y se expuso a la ira de Dios, que es revelada del cielo contra toda injusticia de los hombres.

El fracaso de los judíos. — Los judíos componían la otra mitad del mundo. ¿Habían tenido éxito donde los gentiles habían fracasado? Gozaron, en verdad, de grandes ventajas sobre los gentiles, porque poseyeron los oráculos de Dios, en los cuales la naturaleza Divina fue exhibida en una forma que la hizo inaccesible a la perversión humana, y la ley Divina fue escrita con igual claridad en la misma forma.
¿Pero habían aprovechado estas ventajas? Una cosa es saber la ley, y otra cumplirla; y la justicia consiste en cumplirla, no en saberla. Entonces,
¿habían cumplido la voluntad de Dios, la cual conocieron? Pablo había vivido en la misma Jerusalén en donde Jesús atacó la corrupción e hipocresía de los escribas y fariseos; había examinado íntimamente las vidas de los representantes de su nación; y no vacila en acusar a los judíos en masa de los mismos pecados que a los gentiles; va todavía más allá: dice que por ellos el nombre de Dios fue blasfemado entre los gentiles.
Se jactaban de su conocimiento, y de ser los que llevaban la antorcha de la verdad, cuya llama resplandeciente sacó a luz los pecados de los paganos.
Pero su religión era una crítica amarga de la conducta de otros. Se olvidaron de examinar su propia conducta a la luz de la misma antorcha; y mientras repetían, "no hurtes", "no cometas adulterio", y una multitud de otros mandamientos, ellos mismos eran culpables de estos pecados.
En estas circunstancias, ¿qué bien reportaban de sus conocimientos? Solamente les condenaron más; porque su pecado era en contra de la luz.
Mientras los paganos conocían tan poco que sus pecados eran comparativamente inocentes, los pecados de los judíos eran conscientes y presuntuosos.
La superioridad de que se jactaban se convirtió por esta razón en inferioridad. Fueron mucho más condenados que los gentiles a quienes despreciaron, y se expusieron a una maldición más pesada.

La caída, la causa fundamental del fracaso.- La verdad es que tanto los gentiles como los judíos habían fracasado por una misma razón.
Seguid estas dos corrientes hasta los manantiales de su origen y llegaréis a un punto donde no son dos corrientes sino una y antes que la bifurcación aconteciera, algo había sucedido que predeterminó el fracaso de ambos.
En Adán todos cayeron, y de él todos, tanto gentiles como judíos, heredaron una naturaleza demasiado débil para alcanzar la justicia.
La naturaleza humana es carnal ahora, no espiritual. Y por esto no es capaz de esta acción espiritual suprema.
La ley no pudo alterar esto; no tuvo poder creador para hacer de lo carnal espiritual; al contrario agravó el mal; en realidad, multiplicó las ofensas, porque su descripción plena y clara de los pecados, que hubiera sido una incomparable guía para la naturaleza normal y sana, se convirtió en tentación para la naturaleza morbosa.
El mismo conocimiento del pecado impele a hacerlo; el mismo mandamiento de no hacer alguna cosa es para la naturaleza enferma una razón de hacerla.
Este fue el efecto de la ley: multiplicó y agravó las transgresiones y este fue el intento de Dios.
No que fuera el autor del pecado, sino que como un hábil médico, que algunas veces tiene que usar ciertas medicinas para madurar una llaga antes de curarla, así Dios permitió que los paganos siguieran su propio camino, y dio a los judíos la ley para que el pecado de la naturaleza humana exhibiera todas sus cualidades inherentes antes de intervenir en su curación.
La curación, sin embargo, fue su constante y real propósito; les encerró a todos bajo el pecado para tener de todos también misericordia.

La justificación de Dios

La desesperación del hombre fue la oportunidad para Dios. No, en verdad, en el sentido de que habiendo fracasado un modo de salvación, Dios inventara otro.
La ley nunca, en su intento, había sido un modo de salvación; fue solamente un medio de ilustrar la necesidad de la salvación.
Pero el momento en que esta demostración llegó a ser completa, fue la señal para que Dios manifestara el método que había guardado en su consejo durante las generaciones de la prueba humana.
Nunca había sido su intento permitir que el hombre fracasara en su verdadero fin, solamente dio tiempo para probar que el hombre caído nunca podía alcanzar la justificación por sus propios esfuerzos; y cuando se hubo demostrado que la justificación del hombre era imposible, reveló su secreto, la justificación de Dios.

Este fue el cristianismo. Esta fue la suma, y éste fue el resultado de la misión de Cristo: conferir al hombre, como un don gratuito, lo que es indispensable para su felicidad, pero que él mismo no ha podido alcanzar.
Es un acto Divino; es la gracia; y el hombre lo obtiene reconociendo que él mismo no ha podido alcanzarlo, y aceptándolo de Dios. Se obtiene por la fe solamente. Es la justificación de Dios por la fe en Jesucristo para todos los que creen.
Aquellos que así la reciben entran desde luego en la posesión de la paz y favor de Dios, que es en lo que consiste la felicidad humana y que fue el fin que tenía delante Pablo cuando se esforzaba en alcanzar la justificación por la ley.
"Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios".
Es una vida brillante de gozo, paz, y esperanza la que disfrutan aquellos que han llegado a conocer este evangelio.
Puede haber pruebas en ella; pero cuando la vida del hombre descansa en la adquisición de su verdadero fin, las pruebas son ligeras, y todas las cosas actúan juntamente para bien.
Esta justificación de Dios es para todos los hijos de los hombres. No para los judíos solamente, sino para los gentiles también.
La demostración de la incapacidad del hombre para alcanzar la justificación fue hecha de acuerdo con el propósito Divino en ambas secciones de la raza humana, y su cumplimiento fue la señal para la exhibición de la gracia de Dios igualmente a ambas.

La obra de Cristo no fue para los hijos de Abraham, sino para los hijos de Adán. Como en Adán todos murieron, así todos en Cristo vivirán.
Los gentiles no tenían necesidad de sujetarse a la circuncisión y guardar la ley para poder ser salvos, porque la ley no era parte de la salvación; perteneció enteramente a la demostración preliminar del fracaso del hombre; y cuando había cumplido este servicio, estuvo lista para desaparecer.
La única condición humana de obtener la justificación de Dios, es la fe; y esta condición es tan accesible al gentil como al judío.
Esta fue una deducción de la propia experiencia de Pablo. En su conversión había sido tratado, no como judío sino como hombre.
Ningún gentil hubiera tenido menos derecho de obtener la salvación por los propios méritos que él.
Pero la ley, lejos de conducirle un solo paso hacia la salvación, le había apartado todavía más de Dios que a cualquier gentil, y le había arrojado en una condenación más profunda.
Entonces, ¿para qué aprovecharía a los gentiles estar colocados en tal puesto? Para obtener la justificación, en la cual ahora Pablo se regocijaba, no había hecho nada que no hubiera estado en el poder de todo ser humano.

Fue este amor universal de Dios, revelado en el evangelio, lo que inspiró a Pablo su ilimitada admiración del cristianismo.
Sus simpatías habían sido restringidas y limitadas a una concepción mezquina de Dios. La nueva fe libertó su corazón y lo sacó al aire libre y puro.
Dios vino a ser un nuevo Dios para él. Llama su descubrimiento el misterio que había sido escondido por edades y generaciones, pero que había sido revelado a él y a los demás apóstoles.
Le pareció ser el secreto de los tiempos y estar destinado para inaugurar una nueva era, mucho mejor que cualquiera otra que el mundo hubiera visto.
Lo que los reyes y profetas no habían conocido, le había sido revelado a él. Se le presentó como la mañana de una nueva creación.
Dios ofrecía ahora a todos los hombres la suprema felicidad de la vida; aquella justificación por la que se habían esforzado en vano en las edades pasadas.
Este secreto de la nueva época, en realidad, no había sido totalmente ignorado en los tiempos anteriores. Había sido atestiguado por la ley y por los profetas.
La ley pudo dar testimonio de él sólo negativamente, por la demostración de su necesidad.
Pero los profetas lo anticiparon de un modo positivo.
David, por ejemplo, describió la bienaventuranza del hombre a quien Dios ha imputado la justificación sin obras.
Todavía más claramente Abraham lo había anticipado. Fue un hombre que alcanzó la justificación, y no por las obras, sino por la fe. Creyó en Dios, y le fue imputado a él para justificación.
La ley nada tenía que ver con su justificación, porque no existió hasta cuatro siglos después; ni la circuncisión tenía que ver con ella, porque fue justificado antes que este rito se instituyera.

En resumen, fue como hombre y no como judío que fue tratado por Dios, y Dios pudo tratar a cualquier ser humano de la misma manera.
El camino escabroso de la justificación legal, sagrado en concepto de Pablo, le había hecho pensar alguna vez que Abraham y los profetas lo habían recorrido antes que él.
Ahora conoció que su vida de místico gozo y sus salmos de santa calma fueron inspirados por experiencias muy diferentes, las cuales ahora estaban difundiendo la paz del cielo también en su corazón.
Pero solamente los primeros rayos de la mañana habían sido vistos por ellos; el día perfecto había llegado en el tiempo de Pablo.
El descubrimiento de Pablo de este camino de la salvación fue una experiencia actual.
Conoció simplemente que Cristo, en el momento en que lo encontró, le había colocado en aquella posición de paz y favor con Dios que tanto había buscado en vano; y en cuanto pasó el tiempo, sintió más y más que en esta posición estaba disfrutando la verdadera felicidad de la vida.
De aquí en adelante su misión sería proclamar este descubrimiento en su realidad simple y concreta bajo el nombre de la justificación de Dios.
Pero un entendimiento como el suyo no pudo menos que preguntar cómo la posesión de Cristo había hecho tanto para él.
En el desierto de Arabia estudió esta cuestión, y el evangelio que predicó después contenía la respuesta luminosa.

De Adán sus hijos reciben una triste doble herencia: una deuda de culpas que no pueden reducir, pero que, en cambio, está creciendo constantemente, y una naturaleza carnal incapaz de alcanzar la justificación.
Estas son las dos características de la condición religiosa del hombre caído, y son la doble fuente de todas sus miserias.
Pero Cristo es un nuevo Adán, una nueva cabeza de la humanidad; y aquellos que están unidos con Él por la fe llegan a ser herederos de una doble herencia de clase precisamente opuesta.
Por un lado, como por nuestro nacimiento en la línea del primer Adán heredamos la culpa inevitablemente, así por nuestro nacimiento, en la línea del segundo conseguimos una herencia ilimitada de méritos, que Cristo, como la cabeza de su familia, hace de propiedad común para sus miembros.
Esto extingue la deuda de nuestra culpa y nos hace ricos en la justificación de Cristo. "Como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia del otro los muchos serán constituidos justos".
Por otro lado, de la misma manera que Adán trasmitió a su posteridad una naturaleza carnal alejada de Dios e incapaz para la justificación, así el nuevo Adán imparte a la raza, de la que es Cabeza, aquella naturaleza espiritual inclinada hacia Dios y que se goza en la justificación.

La naturaleza del hombre, según Pablo, consta normalmente de tres elementos:
Cuerpo, alma y espíritu. En su constitución original, estos ocuparon relaciones definidas de superioridad y subordinación unos respecto de otros, siendo supremo el espíritu, inferior el cuerpo, y ocupando el alma una posición media.
Pero la caída desarregló este orden, y todos los pecados consisten en la usurpación por el cuerpo o el alma del lugar del espíritu.
En el hombre caído, estas dos secciones inferiores de su naturaleza, que juntas forman lo que Pablo llama la carne, o sea aquel lado de la naturaleza humana que mira hacia el mundo y hacia el tiempo, han tomado posesión del trono y gobiernan completamente la vida; mientras el espíritu, el lado del hombre que ve hacia Dios y hacia la eternidad, ha sido destronado y reducido a la condición de ineficacia y muerte.
Cristo restaura la superioridad perdida del espíritu del hombre, tomando posesión de él por su propio Espíritu.
Su Espíritu mora en el espíritu humano, vivificándolo y sustentándolo con una fuerza tan creciente que llega a ser más y más la parte suprema de la constitución humana.
El hombre cesa de ser carnal y llega a ser espiritual. Es guiado por el Espíritu de Dios y viene a estar más y más en armonía con todo lo que es Santo y Divino.
Pero la carne no se sujeta fácilmente a la pérdida de la supremacía. Interrumpe y obstruye la marcha progresiva del espíritu, y lucha para volver a tomar posesión del trono.
Pablo ha descrito con viveza terrible esta lucha en la que todas las generaciones de los cristianos han reconocido los caracteres de su experiencia más profunda.
Mas el resultado de la lucha no es dudoso. El pecado no volverá a tener dominio sobre aquellos en quienes el Espíritu de Cristo mora, ni les alejará de su posición en el favor de Dios.

Las peculiaridades notables del evangelio de Pablo

Tales son los bosquejos sencillos del evangelio que Pablo trajo consigo de la soledad de Arabia, y que después, con entusiasmo incansable predicó.
Este evangelio no pudo menos que ser mezclado en su mente y en sus escritos con las peculiaridades de su propia experiencia como judío, y éstas hacen difícil para nosotros comprender su sistema en algunos de sus detalles.
La creencia en la cual había sido educado, de que ningún hombre podía ser salvo sin hacerse judío, y las nociones acerca de la ley, de las que tuvo que librarse, están muy distantes de nuestras simpatías modernas.
Sin embargo, su teología no pudo formularse en su entendimiento, sino en contraste con estas concepciones falsas.
Esto posteriormente vino a ser todavía más inevitable cuando se encontró con sus antiguos errores sirviendo como lemas de un partido dentro de la misma iglesia cristiana contra el cual tuvo que hacer una larga y obstinada guerra.
Aunque este conflicto le forzó a expresar con mayor claridad sus opiniones, las embarazó con referencias a sentimientos y creencias que ahora han perdido su interés entre los hombres.
Pero a pesar de estos obstáculos, el evangelio de Pablo sigue siendo una propiedad de valor incalculable para la raza humana.
Su investigación profunda del fracaso y de las necesidades de la naturaleza humana, su maravilloso desenvolvimiento de la sabiduría de Dios en la educación del mundo precristiano, y su presentación de la profundidad y universalidad del amor Divino, figuran entre los elementos más notables de la revelación.

Pero es en su manera de concebir a Cristo en lo que el evangelio de Pablo lleva su corona imperecedera.
Los evangelistas bosquejaron con numerosas características de hermosura simple y conmovedora la manera de la vida terrestre del hombre Jesús, y en éstos se buscará el modelo de la conducta humana; pero para Pablo fue reservada la tarea de hacer conocer en sus alturas y profundidades la obra que el Hijo de Dios cumplió como Salvador de la raza.
Pocas veces se refiere a los incidentes de la vida terrestre de Cristo, aunque aquí y allí manifiesta que los conoció bien.
Para él, Cristo fue siempre el Ser Glorioso, brillando con el resplandor del cielo, que le había aparecido en el camino de Damasco, y el Salvador que le había elevado a la paz y gozo celestiales de la nueva vida.
Cuando la iglesia de 'Cristo piensa en su Cabeza como libertador del alma del pecado y de la muerte, como influencia espiritualizadora que siempre está con ella y actúa siempre en cada uno de los creyentes, y como Señor sobre todas las cosas, el cual vendrá otra vez aparte de pecado para salvación, lo hace en formas de pensamiento dadas por el Espíritu Santo por instrumentalidad de Pablo.