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viernes, 1 de junio de 2012

El Peligro de ceder territorio al enemigo



El peligro de ceder territorio al enemigo...
 Lectura Bíblica 2da. Reyes 18:13-24

Cierto día mientras distribuíamos folletos con mensajes sobre el evangelio en proximidades del río Cauca, al oriente de Cali, Colombia, nos encontramos con un drama humano sin igual en medio de la miseria.
Había un hombre que aparentaba más de sesenta años. Cuando un joven de nuestra organización le iba a compartir la Palabra de Salvación, resultó que conocía muchos más versículos Bíblicos que el joven. Al profundizar más en la conversación, resultó que el mendigo había sido pastor.

Nos contó que cuando su ministerio avanzaba victorioso y cada día evidenciaba más expansión en la ciudad, se dejó seducir por el pecado y cayó en adulterio. Abandonó su familia y el Pastorado para irse tras la mujer que finalmente, también a él lo abandonó.
Todo salió mal, terminó en desgracia y allí estaba frente a nuestros ojos, arrinconado, sin esperanza, viviendo de recoger desperdicios...

Si nos desprendemos de Dios, vivimos las consecuencias

Un problema del cristiano hoy día es olvidar que no por un día sino por siempre y en todo momento, debemos estar asidos de la mano de nuestro Señor Jesucristo. Cuando dejamos de depender de Dios, comienzan las dificultades.
Esto fue lo que ocurrió con uno de los reyes más prósperos de Judá. Ezequías había sido Bendecido y prosperado por el Señor, pero cuando se separó del Creador, llegaron los problemas.

La Escritura dice que:
“A los catorce años del rey Ezequías, subió Senaquerib rey de Asiria contra todas las ciudades fortificadas de Judá, y las tomó” (2da. Reyes 18:13). El monarca asirio era un gran guerrero. La historia menciona que conquistó gran parte de lo que se conoce como Arabia, Irak, Irán, entre otros territorios. En aquella época, uno de sus orgullos fue tomar la ciudad judía de Laquis.

No podemos ceder terreno al enemigo...

He conocido cristianos que tras servir al Señor, vuelven atrás y terminan en una vida disipada y pecaminosa. Le dieron espacio a Satanás, cayeron en la tentación de la mundanalidad y pagaron las consecuencias. Igual ocurrió con el rey Ezequías:
“Entonces... envió a decir al rey de Asiria que estaba en Laquis: Yo he pecado; apártate de mi, y haré todo lo que me impongas. Y el rey de Asiria impuso a Ezequías rey de Judá trescientos talentos de plata, y treinta talentos de oro” (versículo 14).

Si le abrimos portillos y huecos en el vallado, el enemigo espiritual tomará ventaja. Es como un luchador tramposo; busca el descuido de su contendor para atacarle. Y lo hace.
Igual ocurre con el mundo: Si jugamos con el fuego, nos quemamos. Si queremos participar de los placeres que nos ofrece la sociedad sin dejar de ser cristianos, nos engañamos y corremos el peligro de caer espiritualmente en la vida de fracaso de la que nos sacó el Señor Jesucristo.

Lo santo no se debe ni tiene que profanar

Todo aquello que consagramos para Dios, debe ser siempre para Él. Si le consagramos nuestra vida, si pactamos vivir en santidad delante de Su presencia (no en nuestras fuerzas sino con la ayuda Divina), debemos conservarnos en santidad, apartados del mal...

Lo grave es claudicar a nuestra palabra porque de nuevo nos veremos involucramos en el mundo de pecado, y le otorgamos al enemigo todo lo que por siempre debe corresponder sólo a Dios.

Así lo hizo el rey con su opresor Senaquerib. “Dio, por tanto, Ezequías toda la plata que fue hallada en la casa de Jehová, y en los tesoros de la casa real. Entonces Ezequías quitó el oro de las puertas del templo y de los quiciales que el mismo rey Ezequías había cubierto de oro, y lo dio al rey de Asiria” (versículos 15 y 16).

Si cedemos terreno, el enemigo pedirá más...

Cuando dejamos de orar, de leer la Biblia, de congregarnos, le concedemos terreno a Satanás. Y él no desaprovecha oportunidad.  Por el contrario, siempre nos pedirá más. Ezequías recibió un nuevo requerimiento de su opresor, el rey Senaquerib: “¿Cómo, pues, podrás resistir a un capitán, al menor de los siervos de mi señor, aunque estés confiado en Egipto con sus carros y gente de a caballo?” (Versículo 24).

¿Qué hacer ante una situación así? Esta pregunta la he escuchado muchas veces. Y de entrada permítame decirle que sí hay salida.
Primero, es necesario que haya un arrepentimiento sincero en nuestro corazón.
El segundo paso es pedir a Dios que tome control de nuestra vida...

Usted no puede seguir con esas ataduras, producto de caer de nuevo en el pecado. ¡Corte todo lazo de mundanalidad que le impide caminar rectamente delante del Señor! Dios espera una entrega absoluta. Es hora de comenzar ya...

Ah, y no olvide que es necesario deshacernos de todo aquello que nos puede recordar el pasado cuando estábamos inmersos en el pecado voluntario.
Todo lo que nos evoque esa existencia miserable, debemos cortarlo y botar fuera todo recuerdo...

Dios les continúe Bendiciendo grandemente.

 


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